Cristóbal Vega Álvarez nació poeta y murió poeta. Yo, Jana la de la niebla (Ana Vega Burgos en el mundo real), su hija, siento que lo más íntimo que puedo hacer por él, para darle una alegría donde quiera que esté, es ir poniendo en este blog, poco a poco, los incontables poemas que fueron el sentido y la justificación de su vida, lo que le hizo vivir hasta los noventa y cuatro años con el alma llena de ilusiones.
Escribir era el estímulo que le impulsaba, la campana que repicaba sobre su corazón para hacerlo latir. Escribir lo salvó de la locura de más de veinte años en prisión, de la desesperanza de perder a su amada, mi madre, Antonia Burgos Béjar, "la escritora campesina" de Villafranca de Córdoba. También hablaré de ella en estas páginas e insertaré algunos escritos suyos; en fin, mi intención es que vuele en estas ondas su recuerdo hasta el fin de los tiempos, hasta que todos volvamos a encontrarnos, como ellos decían, tras la orilla infinita.

miércoles, 8 de junio de 2011

PEQUEÑA BIOGRAFÍA

   No voy a esperar más. Es una entrada larga (casi cinco folios) y por eso dudaba en ponerla. Pero cuando abrí este blog lo hice para ti, papá, y creo que esta "biografía" que escribí sobre ti cuando te hicieron aquí, en Villafranca, ese Homenaje que, como todos, llegó tarde, aunque no dice ni una décima parte de tu vida, sí fue lo que yo imaginaba que interesaría a mis paisanos, a la gente de Villafranca que no te vio nacer pero supieron de tu romántica historia con mamá, Antonia Burgos, "la campesina escritora" del pueblo, y que sí te vieron en tus últimos años, primero triste pero derecho, erguido, a pesar de tus años, y después, poco a poco doblándote, como un roble abatido por el temporal, mirando al suelo porque ya no te fiabas de dónde ponías los pies, despacito, cada vez más despacito, sin aceptar el uso del bastón que yo te suplicaba, hasta que ya tuviste que acatarlo, y venías apoyado en aquel bastoncito que ahora tengo aquí, a la entrada, junto al paraguas de mamá, como recordándonos que ésta será siempre vuestra casa.
   No me extiendo más, papá. Ahí va lo que escribí sobre ti y que leyó Anais para todos nuestros paisanos; tu hija, tu nieta y los amigos de La Ventana Cultural que te ofrecieron el Homenaje. Espero que, desde la otra orilla, lo vierais juntos, con las manos cogidas, como siempre.

     En Villafranca, a 18 de abril de 2009


   
   Hablar de Cristóbal Vega no es muy difícil. Todos lo conocían en el pueblo. En los últimos tiempos, tan vencido, con la cabeza inclinada y las piernas torpes, con el bastón al que odiaba y del que procuraba olvidarse en todos los sitios adonde iba, porque no quería admitir -no lo creía- que le fuera necesario.
   Los que lo conocían "de siempre" le llamaban Vega. Hasta su madre y sus hermanos, hasta su mujer, su adorada Antoñita ("la de las fotos") -(porque había sido la fotógrafa de Villafranca durante la década de los cincuenta y principios de los sesenta)-  le decían cariñosamente "Veguita". Y los que vivisteis su romance con Antoñita, cortado por la muerte pero nunca acabado, sí debéis recordar al Vega que era, que fue, y que en su mente nunca dejó de ser.
   Vega está intrínsecamente ligado a Villafranca por amor, que era el sentimiento que gobernó su vida desde niño. Había nacido en El Cuervo, entre Sevilla y Jerez, en la estación de ferrocarril donde vivió su infancia.
   Nació en 1914, en el año en que estalló la Primera Guerra Mundial. A él le gustaba decir:

Nací en un día cualquiera
de un año belicoso.
Fue mi amor a lo hermoso
mi vocación primera...


   Y siempre fue así, siempre su vida fue guiada por su amor a lo hermoso, a la paz, a la armonía, a la hermandad entre los hombres.
   Con nueve años empezó a trabajar ayudando al telegrafista de la estación hasta que aprendió el alfabeto Morse. Su ilusión era enrolarse como telegrafista en la Marina para viajar, conocer gentes y lugares distintos, sin meta, como el bohemio que siempre fue.
   Pero no era ése su destino.
   A la vez que aprendía, se ganaba un extra rellenando las hojas de llegadas y salidas de los paquetes postales; cultivó una caligrafía preciosa, cuidadísima, y tan excepcional que todos le pedían que fuera él el que escribiera lo que hiciera falta en la estación. Él me contaba, muy orgulloso, que esos ahorrillos los metía en una caja de lata, y los tenía escondidos en un depósito de agua, atada la caja a un corcho y sobre él un barquito de papel (los hacía preciosos), hasta que reunió lo suficiente para hacerle un regalo a su madre.
   Y ya siguió escribiendo. Escribía poemas, claro, porque era poeta desde que nació, pero también escribía contra todo lo que le parecía injusto. Su forma de luchar era con aquellos artículos que desde los dieciséis años empezó a publicar en un periódico de Jerez. Enseguida se abrió paso en la Redacción de aquél periódico, que se llamaba Ráfagas. Y como no le gustaban los políticos, ni la manera en que se llevaban las cosas, no tardó en señalarse. Casi todas las semanas lo llevaban ante el juez por meterse con el alcalde, el gobernador o cualquiera que hiciera algo que a él le pareciese un abuso. Y lo metían un par de días en la cárcel, en la que había sólo dos o tres celdas.
   Enseguida se hizo amigo del carcelero, y como era tan bromista, y a cada momento estaba encerrado, se llevó una máquina de escribir y unos cuantos libros a la celda, y le decía, al salir: "no vayáis a tirar esto, que la semana que viene me tenéis aquí otra vez". Y así era, en efecto, pero él se reía de todo y seguía con su lucha.
   Así vivió hasta que estalló la guerra. Para entonces tenía solamente veintidós años. No había hecho la mili -no la hizo nunca-, así que lo declararon prófugo. Él no creía en el ejército, ni en nada que fomentara la violencia. Decía siempre que el mundo podía arreglarse "con palabras". Creía que el Hombre era bueno por naturaleza, y que si se conseguía llegar al corazón de cada ser humano no habría guerras, ni abusos, ni miserias en el mundo. No luchó en la guerra, pero fue constantemente perseguido por sus ideales anarquistas.
   Para Vega, la anarquía era el sistema ideal,en el que no existiría el dinero, y estaba convencido de que si

el dinero no existiera ya no podría haber  robos ni abusos de poder. Cada hombre y cada mujer harían su trabajo y todos podrían obtener, a cambio, lo que necesitasen: el panadero daba su pan, el zapatero arreglaba los zapatos, el médico curaba... y cada uno ponía de buena voluntad lo que mejor supiera hacer. Como creía en la innata bondad del Hombre, le parecía muy sencillo arreglar el mundo de esa manera.
   Durante algún tiempo, incluso, él mismo vivió así: iba en bicicleta por los cortijos dando clase a los hijos de los trabajadores, a cambio del desayuno en un sitio, la comida en otro, el lavado y planchado de ropa en un tercero... y, claro, por su forma de ser y de actuar todos le querían, y cuando tuvo que esconderse durante la guerra hubo cien manos tendidas para ayudarle.
   En la Segunda Guerra Mundial se fue a Francia. a los "maquis". Y fue entonces cuando le detuvieron definitivamente, una de las veces que cruzó la frontera con el fin de animar a los compañeros españoles a que se unieran a los "maquis" en su lucha contra Hitler. Lo llevaron a la cárcel de Ávila y ya no salió de la prisión hasta la Navidad del año sesenta y tres.
   Pero en la cárcel tampoco se quedó cruzado de brazos. A pesar de que lo condenaron a un montón de años -sumando unos poquitos de aquí, otros de allí y otros de allá- incluso dentro de la prisión se las arregló para escribir otro periódico, con algunos amigos también intelectuales, y lo sacaban de allí metiendo las hojas manuscritas en los palos huecos de unas escobas que fabricaban en la cárcel. Pero los pillaron, y eso sumó una condena de ocho años más a las muchas que ya tenía.
   No es que le diera igual: él sufría, y volcaba su dolor y sus decepciones en sus poemas; también estos poemas salían ocultos de "allí", y de mil maneras traspasaban las fronteras y se publicaban en Francia y en América del Sur. Estos poemas generaron un movimiento a favor de Vega en el que intelectuales de izquierdas del mundo entero encabezaron una campaña a favor de su libertad. Albert Camus (Premio Nobel en1957) fue uno de los que más luchó a su favor, pero también esa lucha fue contraproducente porque más ahínco pusieron las autoridades de la época en mantenerlo encerrado.

   Estando en la cárcel, Vega empezó a escribir novelas del Oeste, del FBI y de Rurales de Texas. Con lo que ganaba con ellas pagaba al abogado, pero cada vez le denegaban el indulto. Eran decepciones terribles que le hundían en una melancolía tremenda.
   Pero se sobreponía vez tras vez, y volvía a la carga.
   Pronto lo trasladaron al penal del Puerto de Santa María.
   Allí estaba cerca de su familia, que vivían en Jerez, Sevilla y Utrera. Cuando llegó al penal observó que los presos no hacían nada, no tenían otra distracción que jugar a las cartas y poco más. Se le ocurrió proponer la organización de unos talleres en los que se pudieran manufacturar objetos para vender: maletas, alfombras de palma, etc. Lo habló con el director de la prisión, y aunque éste no creía que aquello fuera a funcionar, pues no era fácil motivar a los presos, le dio carta blanca, si quería, para intentarlo por su cuenta. Y Vega no se amilanó: antes que nada organizó varias charlas en las que explicó todo lo que se podría hacer: el trabajo redimía las penas, legalmente, así que por cada día de trabajo se acortaba la condena. Además, cada sábado por la mañana los hombres cobrarían lo que correspondiera a cada uno. Él se comprometió personalmente a encargarse de llevar escrupulosamente cada cuenta para que no hubiera atrasos ni decepciones. Y luego, haría lo posible para que aquel trabajo pudiera contabilizar como días cotizados para la Seguridad Social. Fue un esfuerzo hercúleo. 
   Pero el día que se abrieron las inscripciones ¡había más de mil solicitudes! Y los talleres funcionaron a las mil maravillas. De hecho, en los años ochenta, ya después de más de quince años de haber salido en libertad, hubo unas charlas penitenciarias y Vega fue invitado a exponer allí toda la organización de los talleres, y el empuje tan novedoso que fue aquello para los presos.
   En el año cincuenta y cuatro, en uno de los muchos periódicos que sus hermanas le llevaban para distraerlo, leyó un artículo que sería el motor del resto de su vida. Estaba firmado por Luís Cabanillas, y hablaba sobre "la Campesina Escritora de Villafranca".
   Era Antonia Burgos, Antoñita siempre para él. Contaba cómo aquella muchacha había aprendido a leer sola, en los tebeos; cómo, a los veinte años, había empezado a escribir novelas, animada en todo momento por su madre, Frasquita, "la zapatera", una lectora infatigable. Hablaba de lo bien que se expresaba y lo amena que era la lectura de sus obras, pese a no tener ni idea de gramática ni de ortografía. Y Vega, tan quijotesco siempre, se apresuró a averiguar sus señas y enseguida le escribió, ofreciéndose a darle clases "por correspondencia" de sintaxis y de todo cuanto necesitara.
   Poco a poco fueron abriéndose sus corazones, y antes de dos años ya aceptaron "tener relaciones". Un noviazgo totalmente atípico, sin una mirada ni una caricia física, todo directo de alma a alma. Seguramente por eso se compenetraron tanto. Él tenía sobre sus hombros una condena de varios años; ella siempre se había negado al matrimonio porque su ilusión era escribir y escribir. No se engañaron en sus cartas; además, los dos eran íntegros, enemigos de la mentira y los subterfugios. Su amor fue creciendo como una planta al aire y al sol, sin trabas.
   Mientras tanto, Vega cayó enfermo con una pleuritis. Lo tuvieron largo tiempo en la enfermería del penal, incluso cuando ya él insistía en que estaba bien y se aburría sin su trabajo. Para distraerse, se dedicó a ordenar los medicamentos, los botiquines, las hojas de ingreso, todo lo que ponían a su alcance. Y cuando el médico titular vio aquello, le pidió que continuara allí, ayudándole. Estudió a su lado hasta hacerse practicante, aunque no consiguió el título para ejercer fuera del penal porque para dárselo le exigían que fuera hasta Madrid a examinarse, y tendría que hacer todo el trayecto esposado. Y no quiso. Pero, ya que los talleres marchaban estupendamente, Vega continuó trabajando en la Enfermería hasta el último día que permaneció en prisión.
   Lo que son los pueblos: como en las fotos que él mandaba a Antoñita siempre aparecía sentado, alguna amiga de ella dio en decir que debía ser porque estaba cojo o impedido. Claro que a Antoñita eso, ya puestos, le daba igual, pero es un hecho a constatar, y ella lo contaba después, muerta de risa.
  (Perdón: esto fue un tirito que no pude reprimir a la maledicencia de los pueblos y a lo fácil que es calumniar, en lo que sea, basándose en algo tan inocente como una foto)
   Y así fueron pasando los años hasta diciembre de 1963. Fue el día de la lotería de Navidad: ella estaba barriendo la puerta cuando llegó el telegrama. Sólo decía: "Estoy en casa. Abrazos. Vega". Y ella contaba que sólo pudo repetir, una y otra vez: "Bendito sea el Señor, bendito sea el Señor..."


  El diecisiete de enero Vega vino a conocer a Antoñita. Toda Villafranca estaba en efervescencia: era un noviazgo tan romántico e intrigante como una novela por entregas. Ya se querían, pero al verse se enamoraron completamente y para siempre. Se casaron el veintinueve de abril, en la ermita de la Virgen de los Remedios, la Virgencita a la que tanto había rogado ella por la libertad de él. Fue un miércoles, y el camino de la ermita estaba de bote en bote. No hubo banquete de bodas (los novios eran muy pobres) pero los villafranqueños, con su generosidad, los inundaron de sobrecitos con la "enhorabuena". Y el viaje de novios fue, según contaban los dos, la coronación de una cúspide, la culminación de su Amor, con mayúsculas.
   Antoñita era "la de las fotos", la fotógrafa del pueblo desde que estudiara fotografía por correspondencia, precisamente por consejo de Vega. Con lo que podía ganar con eso, las novelas que él escribía religiosamente cada mes y la ayuda de Antonio (el Cabo Paliza) y de Frasquita, los padres de ella, salían adelante. Pasaban apuros, pero no les importaba carecer de mil cosas: ellos eran felices con sus paseos por la carretera de Adamuz y sus excursiones al Calvario y a la hacita; su mayor ilusión, desde que se casaron, era tener una hijita, y Dios les concedió esa gracia, les dio la niña que tanto deseaban.
   Intentaron muchas cosas para ganarse la vida un poco más holgadamente. Vega habló con una gestoría de Córdoba para encargarse de las licencias de armas, del papeleo para los que emigraban al extranjero en busca de trabajo... Iba andando a El Carpio, Alcolea y Pedro Abad para gestionar todo lo que le pidieran, hasta que consiguió una destartalada bicicleta. 
   Contaba Vega que el cabo de la Guardia Civil le decía: "Vega, va usted a mandarme medio pueblo fuera de España... y al que no lo manda fuera, me lo arma con una escopeta".
   Pero ni por esas.
   Con una hija, y con cincuenta y dos años, era acuciante la necesidad de forjarse un futuro, una seguridad económica. Ya no podía ser el "contigo pan y cebolla". Y Vega tuvo que irse lejos, a Calella, y dejar a sus seres más queridos en Villafranca.
   Hasta que le surgió la oportunidad: convocaron oposiciones para las fábricas de Cementos del Sur (después Asland y ahora, Lafarge) y se presentó a ellas. Sacó uno de los primeros números, y así se fueron a vivir a Niebla. Ya Antonio -el Cabo Paliza- había muerto, y Frasquita no sabía vivir sin él. También ellos se querían por encima de todo. Dejaron la casita de Villafranca, tan querida, el pueblo, el río Guadalquivir, la haza... y a fabricarse una vida en otro lugar, con otra gente.
   
   En Niebla estuvieron doce años. También allí hicieron amigos, en todas partes Vega y Antoñita se hacían querer por su bondad y su, digamos, inocencia, por buscar lo bueno de cada persona, el fondo, nunca la forma ni mucho menos la condición social. Se abrieron camino, y viviendo con lo justo ahorraron para comprarse el pisito de Córdoba para el día -cercano- de la jubilación.
   Fueron jóvenes siempre: jóvenes de corazón. Vega dejó por fin las novelas y pudo dedicarse a la poesía, que era lo suyo. Antoñita se sintió la mujer más feliz del mundo cuando su novela "Loto y yo" fue publicada y además reeditada. Años después publicó, en la colección Arcadia de Ediciones Ceres tres novelas más: "Ébano y Gasa", "Como la misma Tierra" y "Mi Taxista Particular". Era una mujer que, aunque con ideas firmes y fuertes convicciones, sabía abrir su mente y ser tolerante, y por tanto evolucionó con los tiempos sin dificultad, siempre poniendo ante todo la integridad y una ética no aprendida de memoria, sino razonada de principio a fin. Era una villafranqueña de la que todo el pueblo puede sentirse verdaderamente orgulloso. Ganó un certamen de poesía en la década de los ochenta, publicó las novela ya mencionadas y siempre pasó por la vida con una idea muy clara y muy firme: cumplir con su deber, antes que nada, y consolar a todo el que necesitara consuelo, a poder ser, mejor con hechos que con palabras. Tenía una desarrollada conciencia social y pese a su siempre por ella lamentada falta de instrucción, consiguió a fuerza de leer y de esforzarse en todo una cultura que hoy no la consiguen ni siquiera nuestros universitarios.
   Los dos fueron autodidactas, pero en sus mentes no hubo lugar para la malicia, por mucho que aprendieran.
   Cuando Vega se jubiló, ya se quedaron a vivir en Córdoba. Aquellos años fueron como una nueva vida, estaban juntos, charlaban durante horas, escribían los dos, publicaban (fue la época de las novelas de Arcadia), hubo premios de poesía y narrativa, viajes, charlas, el homenaje a Sánchez Rosa en Grazalema, del que se encargaron casi totalmente, incluyendo buscar al escultor que hizo el busto, y luego llevarlo ¡en tren!, salvando mil y una peripecias...
   Y después... la tristeza, el fin que siempre llega, la enfermedad de ella, la separación inevitable. Vega se refugió en sus escritos para seguir viviendo, pero ya aquello no era vivir. Siempre la tenía en el pensamiento, nunca, ni en sus últimos días, dejó de "hablar" con ella. Él decía que ella le contestaba. Nunca lo sabremos, pero si el Amor es más fuerte que la Muerte, no hay por qué dudarlo.


   Obtuvo más premios en distintos certámenes. Publicó muchos libros de poemas después de la muerte de Antoñita. Pero... ¡qué le importaban! Ella no estaba para compartir su gloria. "Te fuiste, y se fue todo...", decía él.
   El Vega que vivió en Villafranca los últimos años no era ni una sombra de sí mismo. En los últimos meses, ya ni siquiera él se reconocía. Sólo anhelaba reunirse con ella, su eterna musa.
   No hay que llorarle. Por fin, a los noventa y cuatro años, consiguió su sueño:

¡Ay, quién pudiera (con mi voz proscrita)
portar mi corazón enamorado
hasta la blanca estrella donde habita...!



   Permitidme esta mañana que me ponga un poco de protagonista al transcribir tres sonetos de mi papi para mí, para mi primera sonrisa, mi primer castigo (sin salir, era horrible para mí) y mi primer día de clase. Éste último siempre me daba mucha pena, y recuerdo que cuando me lo leyó, le dije: "ya no voy más al cole, me quedo en casa", y se rieron pensando que lo decía por no tener que ir, cuando en realidad para mí era un sacrificio pues en el cole había niñas, y jugábamos, y en casa, yo sola con mi abuela y con mi madre, hija única que soy, pues no sabía qué hacer. 
   Que tengáis todos un hermoso día de junio.





SU PRIMERA SONRISA

Con la gloria soñé. Busqué riquezas.
Nunca eludí peligros ni aventuras.
Es cierto que amé a todas las criaturas
y que a cambio obtuve odios y bajezas.

Un ideal de espléndidas bellezas
fundió en mí claridades y locuras
y madrugando extrañas singladuras
mi nave arribó a puertos de purezas.

Mas ¿qué importan  la gloria ni el dinero?
La vida tiene grandes maravillas
que sólo goza el corazón sincero.

Tengo mi casa. Tengo amor. Y a orillas
del alba, tengo un ángel hechicero
que brinca y ríe sobre mis rodillas.



SU PRIMER CASTIGO

Hoy te has quedado aquí. Sin tus amigas.
Sin tus tardes de asueto ni tus juegos,
y sin poder gritar los "hasta luegos" 
que entre risas y prisas nos fustigas.

La dulce luz que con tu luz prodigas
a cuanto tocas o amas, son hoy ciegos
crepúsculos, negar de los reniegos
con que, por castigarte, nos castigas.

Hoy te has quedado triste. Sin salir.
-(Primer tallo quebrado en tu azucena)-
Sentimos el sentir de tu sentir.

Y aunque, en verdad, tu pena es nuestra pena,
queremos que esta gota del sufrir
sirva para que siempre seas buena...



SU PRIMER DÍA DE CLASE

Te hemos visto marchar y hemos sentido
la tristeza del árbol desgajado.
Nunca faltaste, amor, de nuestro lado. 
¡Qué solos sin tu rebullir querido!

Tiene la casa un resabor a nido
sin polluelos, a hogar abandonado,
y nuestro corazón tiene clavado
un vago presentir de "adiós"... ¡y olvido!

Te hemos visto marchar, y al comprender
-llena el alma de gris melancolía-
que esto tenía, al fin, que suceder,

hemos sentido la evidencia impía
de que por esa senda del deber
te irás marchando un poco cada día...




martes, 7 de junio de 2011


A UN HOMICIDA

¿Por qué tiemblas, muchacho? ¿Qué pavor
se oculta en la inquietud de tu mirada?
¿Qué indecisión de fiera acorralada
hay en tu vacilar desolador...?

¿Qué diabólico impulso destructor
puso el revólver en tu mano airada,
o quién plantó en tu mente deformada
las semillas abyectas del rencor...?

¿Tal vez pretendes asociar tu nombre
a una historia de tal brutalidad
que por su propia indignidad asombre?

¿O crees, en tu simple ingenuidad,
que por el hecho de matar a un hombre
has podido matar...¡¡LA LIBERTAD!!?




lunes, 6 de junio de 2011

Recuerdo a Liliana. Durante años y años mi padre se escribió con ella. Su dulzura era algo que hacía que yo, que era una niña, leyera sus cartas a mis amigas, admirada. Liliana nos parecía un hada. A los diez años empecé a escribirle yo también, y nunca dejó de contestar a mis ingenuidades, sabía ponerse a mi nivel de niña sin rebajarse.
Murió hace muchos, muchos años. Lloramos los tres, mis padres y yo.
 La llamaban "la alondra chilena"

(Para Liliana Echeverría Drummond, chilena, autora del libro DE MI HUERTO EN SOMBRAS.
Joven, poeta y... ¡ciega!)




-¡ASTRONAUTA!

Cuando tus alas de metal remonten
las nubes y los astros; cuando se abran 
en el milagro azul
y ya la Tierra, apenas perceptible,
sea un punto en el caos infinito,
quiero pedirte, amigo,
que cortes para mí un rayo de sol.

Nada me importa tu carrera loca,
tu ansia de espacios ni tu sed de estrellas:
esa fantástica embriaguez de mundos
que de pronto ha eclipsado la razón.
Nada me importa, amigo, si tuds sueños
son de paz o de guerra. Sólo quiero
que cortes para mí un rayo de sol...

Los insignes magnates de la Tierra
te pedirán planetas, mundos, alas
nuevas para el poder
en su insaciable afán de predominio.
Yo... -¡eterno cazador
de rutas imposibles!- quiero, amigo,
que cortes para mí un rayo de sol...

Una blanca estrellita
de luz íntima, suave: ¡una cascada
milagrosa de luz
para la noche bruja de unos ojos!
No importa, amigo, que yo esté llorando.
Ella es mujer, es joven... ¡y es poeta!
¡Ay! ¡Corta para mí un rayo de sol!

Cuando tus alas de aluminio se abran
en la incógnita azul de lo infinito,
¡no busques mundos nuevos, astronauta!
Corta en el cielo un ramo de ilusión
para su Huerto en Sombras,
que yo lo regaré con rocío de besos.
¡Ay, corta para mí un rayo de sol
para encender sus ojos apagados!
¡No busques mundos! ¿Para qué queremos
más mundos que este mundo sin timón?
Tráenos luces, sueños,
sonrisas...
Cascadas
de luz y de ilusión...

Y manos sabias de ángeles que enciendan
la maravilla dulce de sus ojos.
Ella es mujer, es joven... ¡y es poeta!
(No importa, amigo, que yo esté llorando)
Cuando pases por ese
loco jardín de estrellas, ¡ay!, acuérdate
y corta para mí un rayo de sol...




domingo, 5 de junio de 2011


LA ABUELITA CIEGA

-Dime, ¿por qué la abuelita
tiene los ojos dormidos?
¿Por qué su mirada fija
se clava en el infinito
buscando cosas difíciles,
buscando tiempos perdidos?

¿No son sus ojos los ojos
que inspiraron los idilios
de intrépidos trovadores
que comparaban su brillo
con los destellos del sol,
con el azul de los ríos...?

Dime, ¿por qué la abuelita
tiene los ojos vacíos...?
¿Quién apagó aquella luz
que alumbraba su camino
y que iba ornando su senda
de piropos y delirios...?

¿Por qué su mano insegura
busca en las sombras mis rizos
y los toca blandamente,
y lanza luego un suspiro,
y dice cosas de pena,
y calla dolores íntimos...?

¿Por qué camina en silencio
sin vigor ni rumbo fijo...
-¡ave de pesado vuelo
que entre los campos marchitos
busca el rincón más oculto
para hacer su último nido!-?

Dime, ¿por qué, si sus ojos
ya no alumbran el camino
ni reflejan la belleza
de los montes ni los ríos,
por qué, di, por qué no quiere
ponerse los ojos míos?



RÍO ABAJO
(Siguiendo el curso de una mirada triste)

¡Ven...!
Vente conmigo al río
a buscar peces de plata.

Vente conmigo,
¡ay, luna!
por los caminos del alba,
que yo te cante mis versos
mientras te mece mi barca.

¡Ay, luna, luna!
¡Ay, niña...!

Yo buscaré peces de oro
entre las brumas de tu alma
y te haré un collar de risas
para tus dientes de nácar...

¡Vente conmigo al río...!
Ven,
que yo te arrulle en mi barca.
... ... ... ... ... ... ... ... ... ... ... ...
Duerme y piensa;
sueña y canta.
Dime, ¿por qué
un mar de sombras remotas
ha nacido en tu mirada...?

¡Ay, mi niña
de oro y plata
con olor de juncos verdes
en su cutis de albahaca!

¡Ay, luna, luna,
mi vieja luna romántica...!

(La que siguió a los valientes
en la grupa de sus jacas)

Ay,
vente conmigo,
niña,
por los caminos del alba,
que yo te cante mis versos...
que yo te arrulle en mi barca...



sábado, 4 de junio de 2011


ROMANCE DE LA HORA EN BLANCO

El tiempo perdió su ruta;
las horas están clavadas
en la esfera descompuesta
de un reloj sin maquinaria.

Un momento hecho de siglos
se ha clavado en las entrañas
amarillas de la historia
a golpes de sangre brava.

Del cadáver de un minuto
ha nacido la Esperanza:
¡semilla de héroes muertos
en los surcos del Mañana!

Se han roto los calendarios
y están las horas cansadas.
La vida lleva en su pecho
sesenta emociones blancas.

En la esfera descompuesta
de un reloj sin maquinaria
el hombre escribió: ¡Parado!
Y dice la Historia: ¡en marcha!



viernes, 3 de junio de 2011


EL ÚLTIMO "POR QUÉ"

Esa mínima parte de cosas que sabemos
-(que nos hace creernos sabios y poderosos)-
¿no será la tupida sombra que nos impide
ver la luz tras de los horizontes remotos...?

Al hombre, que ha ganado la tierra, el mar y el aire,
que triunfó de las fieras y venció a los colosos,
y que en su petulancia ha llegado a creerse
el dueño omnipotente y absoluto de todo...

¿Cómo no se le habrá ocurrido pensar
que por mucho que ahonde, nunca llegará al fondo,
y que tras el "por qué" del último "por qué"
siempre le ha de quedar otro"por qué" más hondo...?



jueves, 2 de junio de 2011


MALDICIÓN DE UNA MADRE RUANDESA

Lo cogió dulcemente.
Dirigió dulcemente sus miradas al cielo.
De un brusco manotazo
estranguló los "¡ayes!" en su pecho
y al niño moribundo
abrió una fosa en el maldito suelo.

¡Sin palabras...! ¡Sin lágrimas...!
Tragándose en silencio
el resabor amargo
de los últimos besos,
la angustiada ruandesa
evocó un mundo de recuerdos...

Revivió los crepúsculos pasados
entre alegres sonrisas y amores placenteros,
y maldijo por tantas cosas íntimas
que en barahúndas de horror se llevó el viento.

***

Volvió a contemplar
al hijito ya muerto.
Lo miró dulcemente...
Le dio un último beso...

Y gritó con rabia: ¡MALDITOS SEAN!
¡Maldito el que destruye un sentimiento!
¡Quien mata una sonrisa!
¡El que asesina un beso!
¡Malditos los que impulsan estas guerras!
¡¡Malditos por infames y avarientos...!!


Cuando nos abruman las preocupaciones, el dramatismo de la vida, las eternas discordias de los hombres y los pueblos: el hambre, la miseria, los odios, la violencia y la muerte; tantos hogares deshechos, los niños explotados, las mujeres, la lujuria, etc. (Un mundo en bancarrota). Cuando todo esto pesa sobre la conciencia y el alma, y tratamos de buscar ese silencio y esa Paz que sólo se halla al despuntar el Alba, y coincide que pasamos junto a un jardín o un parque frondoso donde las avecillas saludan al nuevo día con la dulce melodía de sus trinos, es seguro que pensamos: "No está todo perdido. ¡AÚN LOS PÁJAROS CANTAN!"
Y entonces comprendemos la razón de ser de este poemita:
Cristóbal   Vega  Álvarez

AÚN LOS PÁJAROS CANTAN

Es hermoso comprobar
que aún los pájaros cantan,
que el aire mueve las hojas
de las antiguas acacias
y que este sol es el sol
de nuestra niñez lejana.

Alegra volver a ver
el río, la vieja casa,
aquellos nobles maestros,
los amigos de la infancia
y el cuaderno en que escribimos
nuestras primeras palabras...

Aunque nada ya nos quede.
Aunque ya no quede nada:
sueños... los primeros versos...
la primera niña amada...
y todo se haya perdido
en el tiempo y la distancia...

Alegra ver que los ríos 
cantan la canción del agua,
que la estrella al navegante
las rutas del mar señala
y que en parques y jardines
¡aún los pájaros cantan!








miércoles, 1 de junio de 2011


ENCRUCIJADA
(Si quieres ser feliz, como me dices,
no analices, muchacho, no analices...)
Campoamor

Cuando vague el clamor de tu impaciencia
por las sendas recónditas de tu alma
y llene el infinito de preguntas
con el dulce misterio de tus ansias...

Cuando un día a ti misma te preguntes:
"¿Qué es la vida...? ¿Qué esperas...? Di, ¿qué aguardas...?"
y unas voces sin ecos ni matices
¡ay! te contesten que tu espera es vana...

Cuando veas, en fin, que va a extinguirse
todo el amor frustrado en tus entrañas
y aún sientas que en ti todo está ardiendo,
¡y sientas que te quemas con tus ansias!,

no claves en los surcos de la vida
el abstruso buril de tu palabra...
¡Deja en mi corazón tus emociones
y en mi alma deja el fuego azul de tu alma!






EL PODER DE UN BESO

Yo conozco el idilio de las rosas
y el célico vergel de los luceros;
yo sé de la impaciencia de la espera
y del pausado transitar del tiempo.

Yo he cogido en mis manos un minuto
con la intención audaz de hacerlo viejo
y lo fui dilatando, dilatando
¡hasta que abrió un surco en mi recuerdo!

Yo aprendí a caminar entre las sombras
y a contarle mis cuitas al silencio,
y sé de los monótonos desfiles
que la vida emprendió hacia lo eterno.

En los libros de sabios y poetas
encontré mis mejores consejeros...
(¡Siempre fueron mis diálogos más vivos
los diálogos que tuve con los muertos!)

Yo conozco el enigma de las luces
y la ciencia ideal de los misterios,
¡pero yo nunca pude sospechar
el extraño poder que tiene un beso!






ENCUENTRO
(A MI PADRE)

¡Aquí...! Nos hemos encontrado aquí,
en el último tramo de un camino
que yo crucé siguiendo los atajos
y tú seguiste desde sus principios.

Un camino que sabe historias largas
de luchas, de dolor y sacrificios;
que acogió las semillas de tus sueños
en estériles surcos sin cultivo...

Yo navegué sin rumbos ni sextantes
por las rutas de un mar desconocido,
y tú te fuiste, padre, tierra adentro
sembrando de ilusiones tu camino...

¡La jornada fue dura! ¿Qué de extraño
tiene que estén tus músculos rendidos,
que cuajen los inviernos en tus sienes
y que ya tu mirada esté sin brillo...?

Tú llevas sobre tu alma los cansancios
de setenta cipreses abatidos,
y yo...? ¡Ay, yo me encuentro ya sin fuerzas
en el último tramo del camino...!

   Este poema fue escrito por la mitad de la década de los cincuenta. Y ese "último tramo del camino" no era más que el comienzo de su siguiente vida: salió del penal en Navidades del 63, se casó en el 64, yo nací en el 65, se fue a Niebla (Huelva) a trabajar, allí se sintió feliz, joven y pletórico; se jubiló en el 79 y después, en Córdoba, puede decirse que vivió de nuevo, una jubilación llena de entusiasmo, de trabajos literarios, de viajes y nuevas amistades. Sólo digo esto para que todos, cuando pensemos que estamos "ya sin fuerzas" y "al final del camino", hagamos un esfuerzo por avanzar un paso más, sólo uno... y después otro, y sin darnos cuenta de nuevo estaremos haciendo ese camino que se hace al andar, y quién sabe cuántas nuevas vidas viviremos. 


martes, 31 de mayo de 2011


TORMENTO

Yo quisiera tener
un corazón sin fiebre ni deseos,
apagada la luz de la esperanza,
sin fuerzas mi ilusión ni mis recuerdos...

Yo quisiera olvidar
el roce fugitivo de tus besos;
que existe la belleza de las almas,
que existe la belleza de los cuerpos...

Yo quisiera vivir
como viven los seres sin cerebro:
sin preguntarme nunca adónde voy
ni averiguar jamás de dónde vengo...

Yo quisiera tener
un corazón cansado y sin deseos
para que no me aturda con sus gritos
ni me atormente nunca con su fuego...

¡Yo quisiera olvidar
que existe la belleza de los cuerpos!
Que en el mundo hay almas como tu alma
y besos con la fiebre de tus besos...





UN DÍA...

Un día podré contarte
mis nostalgias de este tiempo;
las dudas y los temores
que ocultos en mi alma llevo.

Podremos hablar entonces
de esperanzas y recuerdos:
de viejas cosas pasadas
y de audaces proyectos...

Yo te hablaré con vehemencia
y tú me oirás en silencio.
"¿Te acuerdas... Aquella tarde...
El rubor de aquellos besos..."

Tú descansarás tu frente
sobre la cruz de mi pecho
y bajarán las estrellas
a jugar con tus cabellos...
.................................................
Podremos hablar un día
de las cosas de este tiempo.
Pero... ¡¡tú nunca sabrás
lo que digan mis silencios!!


HOY, 31 DE MAYO, ES EL ANIVERSARIO DEL DÍA EN QUE PARTIÓ...

...Se fue en pos de la estrella donde su amada le esperaba. Se fue por la mañana, como a él le gustaba, para tener todo el día por delante. Hace tres años hoy; le echo de menos. Si estuviera aquí tomaríamos a mediodía una copita de vino (el Rioja era su favorito) y una tapita. Yo estaría en la cocina, preparando el almuerzo, y él se sentaría allí conmigo y charlaría. Enlazaba un recuerdo con otro, hablaba, reía, alzaba la voz, y a veces yo tenía que decirle: "papi, come, que se te está quedando helada la comida", y él cogía una cucharada y quizá ni se la llevaba a la boca, para seguir hablando.
   Otras tardes veíamos juntos alguna película de las "nuestras": La fiera de mi niña, La extraña pareja, Rebelión en las aulas..., o comentábamos algún libro, pero casi siempre él prefería desgranar el rosario de sus recuerdos. Seguramente ya me lo había contado antes, y alguna vez -qué pena- yo me ponía a pensar en otra cosa. Pero ver sus ojos brillar al evocar anécdotas me gustaba, y él se sentía feliz ese ratito diario, y sus mejillas se coloreaban, y cuando se marchaba iba más erguido.

  Cuando mi madre -su Amada- murió, en enero del 97, él se volcó en la poesía. Cada mañana, antes de alborear, subía al "palomar" (una especie de cámara que tenemos en esta vieja casa donde yo nací) y allí, sobre una mesita destartalada, escribía y escribía, sin descanso, sin tregua.
   Era su manera de llorar a gritos.



IN MEMORIAM
SILENCIO... ¡Y SÓLO SILENCIO!

Me busco inútilmente y no me encuentro.
De "aquel" que un día fui, ya sólo quedan
soledad... ¡y silencio!

Ni esta casa es ya mi casa
ni mis sueños son mis sueños.

Del nómada enamorado
de los caminos intrépidos,
apenas si queda nada:
¡la sombra...! ¡Un vago recuerdo!

Un torturado fantasma
que entre ansiedades y anhelos
va siguiendo inútilmente
los ritmos de un viejo verso.

De un verso que se quedó
en las garras prisionero
de vagas sombras que bogan
por los mares de lo eterno...

***
(¡Esta casa no es mi casa
ni estos sueños son mis sueños!)

-¡Amor...! Me busco y te busco
por sendas sin retroceso
de esta noche inacabable
que va devorando el tiempo...

¡Por los mudos escondrijos
del alma y del pensamiento:
con mis locas vehemencias,
con mis palabras sin ecos,
grito y regrito tu nombre
entre lágrimas y besos...!

***

(¡Y es que yo ya no soy yo
ni este tiempo es ya mi tiempo!)

Tú no estás... Y sin ti, ¡ay...!
todo es Nada... ¡Todo es negro!
Sin ti... ¿que importa esta casa
sin el calor de tu cuerpo,
sin la luz de tu mirada,
sin la gracia de tu acento...?

¡Qué importa la vida, cuando
la vida es lo que se ha muerto!

¡QUIERO IR CONTIGO! Al mundo
sin punto final ni tiempo
donde todo sea... ¡NADA!
Silencio... ¡Y SÓLO SILENCIO!


   Cuando se fue, su recuerdo siguió aquí... en cada rincón de la casa, en la abandonada estación de ferrocarril que él tanto amaba (nació en una estación, en El Cuervo, y allí se crió), en las calles de Villafranca, en la mesita donde tomaba café cada mañana, en los parques, en mí, en mi niña y en todos los que le veían pasar cada día con su soledad y sus nostalgias a cuestas.

   Pedro Calleja, el poeta, entrañable amigo, le cantó con sus hermosos versos el exacto adiós de quien lo había conocido ya cuando "no se encontraba".
   Quiero transcribir aquí ese poema que fue un homenaje tan sentido como bello:


CRISTÓBAL

Permíteme, Cristóbal, que yo te robe un verso
que hiciste a Juan Ramón con esa pluma inquieta:
"No llorarle, no ha muerto: ¡no mueren los poetas!".
Y es cierto que no mueren, quedan en su universo.

Que aunque ya para siempre tu máquina esté quieta,
ni tomes tu café en el bar que lo hacías,
aunque no me visites cuando se te ocurría,
Cristóbal, no te has muerto: ¡no mueren los poetas!

Aunque ya no te vea comprando tu diario,
o pasear lentamente con tus años a cuestas,
ni ya me desconciertes con tu vocabulario,
Cristóbal, no te has muerto: ¡no mueren los poetas!

Aunque ya no me abrumes al llamarme poeta,
ni me hagas el honor de llamarme tu amigo,
o perdieras el tiempo dialogando conmigo,
Cristóbal, no te has muerto: ¡no mueren los poetas!

Aunque no me sorprendas con tus bellos poemas
ni vuelvas a halagarme con un libro imponente,
ni volvamos a hablar de apasionantes temas,
cuando quiera encontrarte, yo te hallaré en mi mente.

Porque tú, Cristóbal, no te has muerto:
¡no mueren los poetas!

Villafranca de Córdoba, a 16 de abril de 2009                          Pedro Callejas Barros


   Me cuesta copiar algunos de sus poemas, lo mismo que me costó, en su momento, leerlos. Recuerdo que, egoístamente, me enfadaba con él y le reprochaba: "papaíto, a mí no me enseñes estas poesías porque no puedo leerlas, me pongo a llorar y ya no me controlo...", y no pensaba que él ya había perdido a la que leía cada poema suyo veinte veces. Pero ¡era tan doloroso leer aquellos versos a mi madre! ¡También yo la había perdido! 
   Bueno, ahora voy a leer y a copiar cada uno de aquellos "versos proscritos", y si lloro no importa porque esto sobre lo que escribo no es papel, es un pequeño y sencillo ordenador al que las lágrimas no desdibujan. 



AL PERDERLA
TRAS LA ORILLA INFINITA

Hoy pido por el sol y por la estrella.
Por el trino del ave... Por la flor...
Por el canto alboral del ruiseñor
y el áspero bramar de la centella...

Por la cumbre y el río. Por la huella
que siempre deja el paso del Amor...
Por los pálidos "dones" que el dolor
truecan en luces de esperanza bella...

Por un amor tan pronto sepultado...
Por el final de esta ilusión marchita.
¡POR TANTO SENTIMIENTO MALOGRADO!

¡Ay, quién pudiera... (¡con mi voz proscrita!)
portar mi corazón enamorado
hasta la blanca estrella donde habita...!


   Fueron once años de soledad sin ella, pero aunque ya nunca recobró aquella ilusión de vivir que los caracterizaba cuando estaban juntos, sí disfrutó de muchas cosas: en primer lugar, tuvo la devoción de mi niña, su pequeña Anais, "su consuelito" como decía él. Para ella, Vega era Dios y era Dumbledore, el director de Howard, el colegio de magia de Harry Potter, o sea, que era lo Más, el más fuerte, el más sabio, el que podía conseguirlo todo.
   Tuvo nuevas amistades; las antiguas continuaron a su lado siempre; obtuvo nuevos premios de poesía y de narrativa, publicó libros, continuó leyendo de todo, en fin, su vida siguió pese a él mismo. Pero cuando perdió la vista, entonces sí: se desmoronó.    Mi padre murió porque no quería seguir viviendo y se dejó morir. No fue de enfermedad ni de viejo: murió porque quería morirse ya, porque, aunque le quedaba mucho que hacer, ya no tenía ganas de hacerlo. Tenía derecho al descanso, y quiso descansar.
   

A MI PADRE

Porque quisiste hallar la blanca estrella
donde habitaba tu perdida amada.
Porque en tus noches perseguías su huella
y al despertar la sombra te cercaba.

Porque en tu soledad sólo anhelabas
continuar el diálogo cerrado.
Porque era su cabeza en tu almohada
un sueño, tan remoto, tan soñado.

Porque tu alma no era ya tu alma;
porque ella te llamaba, la seguiste.
Porque de lejos, del azul del alba
sembraba rosas para ti, te fuiste.
Volaste hasta alcanzar su mano blanca
por cantarle tu verso, hermoso y triste.

Villafranca de Córdoba, 2008          Ana Vega Burgos



¿Sabes, papaíto? Cuando pensé en abrir este blog para ti lo hice como una ofrenda, un regalo que necesitaba hacerte; ahora me doy cuenta de que el regalo me lo has hecho tú a mí,
porque pasarme horas entre tus libros, buscar imágenes que te hubieran gustado como a mí
-los dos somos un poco ingenuos para las postales, ¿verdad?-
y leerte y releerte, me hace sentirte otra vez a mi lado, me hace admirarte cada día más
como poeta y como hombre,
me hace sentir deseos de compartir con el mundo entero tus versos,
y me devuelve la ilusión que últimamente me parecía perdida entre esta vieja casa llena de goteras,
y el paro, y las decepciones, y mi niña lejos de mí ya, en su propio nido, 
y el tiempo que pasa sin detenerse, y la tristeza de no poder volver atrás...

Como siempre, papi mío, eres tú el que me hace los regalos más desinteresados, 
el que era feliz por hacernos felices,
el mejor padre del mundo, el hombre irrepetible,
el regalo que Dios hizo a todos los que te conocimos,
Vega, el que no conocía el rencor,
EL POETA DE LA PAZ.

Te quiero.
Os quiero.